Vecinos trabajando juntos

Que les parece si retrocedemos el reloj hace un año. Era el verano del 2017 y pasó lo que nadie estuvo preparado a enfrentar: lluvia. La lluvia de ese verano trajo unas sorpresas: truenos y relámpagos. Esa combinación lumínica y sonora hizo que el simple hecho de ver agua cayendo del cielo, parecieran una manifestación pura de la furia de la naturaleza.

Las noches lluviosas del 2017 iniciaban a las 6 p. m.; el cielo se volvía gris oscuro con reflejos blancos en las intersecciones de las nubes; cuando caía la primera gota de agua ya podías esperar lo que venía: una torrencial lluvia de gota gruesa, cuyo impacto eran preciso y sincronizado que el estruendo de las millones de gotas traspasaban las paredes de las casas y te venía el pensamiento de “Pucha, esta ha sido fuerte”.

El 18 de enero del 2018 a las 6 a. m. llovió por todo Piura. La lluvia era ligera, era de gota delgada, pero acompañada de vientos fuertes y mayor número de gotas. La precipitación duró menos una hora. Lo cual fue tiempo suficiente para fastidiar las calles piuranas.

Las avenidas más maltratadas, llenas de baches y huecos, fueron cubiertas de lodosos charcos que humedecían la tierra, por lo que cada vehículo que cruzaba agrandaba más el agujero. Las calles en reconstrucción fueron inundadas, por lo que vecinos tuvieron que despejar el camino. Por obviedad, el polvo que cubrirá la ciudad, en consecuencia de los charcos evaporados, causará otra epidemia de alergias e infecciones nasales.

¿No hemos aprendido nada?

Hace un año, el fenómeno El Niño Costero azotó a la ciudad, dejando calles inhabilitadas, inundaciones, epidemia de dengue, falta de alimentos, aumento de precios, familias que perdieron su hogar y un miedo de lo inexpertos que podemos ser ante la cara cruda de la madre naturaleza. A pesar de ver como la subsidiariedad de nuestros vecinos fue más grande que las promesas del gobierno o que la ejecución de obras de protección ante futuras precipitaciones nos mantendría seguros, la verdad es que no aprendimos nada.

Las calles siguen mal, las personas se confiaron por el calor y no tomaron precauciones, las quejas siguen siendo las mismas, los daños siguen siendo igual, ergo, no hay mucho cambio. Una lluvia que no está a escala a las que sufrimos hace un año nos puso en alerta, cuando ya debíamos haber estado en precaución con anterioridad. Las nubes siguen acumulándose y se vendrá una nueva temporada de lluvias, entonces qué medidas se empleará las autoridades y las personas. Nos hemos acostumbrado a ser la cigarra floja que mira como la hormiga hace el trabajo que ahora estamos al borde de pagar por nuestro descuido a modo de castigo, por el tiempo perdido en lugar de enriquecer a la ciudad que “supuestamente” queremos salvar.

La vez pasada nos fue mal, pero no perdimos la esperanza, gracias a los héroes cotidianos dieron la mano a los que más lo necesitaban. Ahora no hay que perder la esperanza, aún hay forma de afrontar los problemas unidos como ciudad; y esa forma es que no debemos esperar que alguien nos haga algo, debemos luchar unidos y volvernos esa hormiga trabajadora que se preparó para la adversidad y en el futuro enriquecer a la ciudad que hemos salvado.

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